En soledad pasaron unos meses estos recuerdos, ahora que están tan fermentados y añejos no se que habría de hacerles. Al ver las abnegadas sonrisas trincadas en el surco de alguna mente prófuga de la ironía, llega a usted una ofrecimiento tan absurdo como sincero, el de regalarle a su sonrisa dos cosas que jamás me pertenecieron o pertenecerán. La primera de ellas, la mas apegada a mi, diría que son esas memorias de situaciones tan simpáticas como lascivas las cuales siguieron fermentándose por docenas de horas en aquel hermético frasco. Ese frasco es del que hago entrega, nadie, incluso el frasco mismo, tiene conocimiento alguno de lo que ahí mora.
Lo segundo que me gustaría regalarle son esas lunas llenas que a usted tanto me recuerdan, no está de más aclarar que mías jamás fueron. Mentiría al decir que duele desprenderse de ellas, uno no se desapega de algo que suyo nunca fue. Pero en testa de este hombre algo de ruido tendrían que hacer.
Al fin logré partir al alba,
esas memorias de ambos
que en una parcela dejamos,
estrellarse en vos cual furiosa marejada.
Le invito a tomar una luna,
perdone usted
he olvidado la censura.
Él pidió una última audiencia,
pareciera que ha perdido la conciencia,
pese a esto el no la descarta
bien podría ser sino una errata.
Dicho lo anterior he de confesar que extraño unas manos que besaban,
unos ojos que cohibían,
unos labios que, al parecer, no mentían
y unos pies que de dirección similar carecían…
lunes, 29 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Afable luna
Por que la afable luna
se esconde a cada instante
reaparece justo donde la recordaba
ese lugar desde donde la amistad jamás miraba.
Ese instante suyo que jamás cerró
y no obstante una y otra vez la puerta azotó
la tranquilidad que aquí fácil trincó
no es más que un esbozo de la felicidad que en este lugar se dejó.
Claman su nombre los lejanos sollozos
y es deber mío el confesarle y decirlo
que son tan tristes como cautelosos
vuela ahora luna, vuela como un mirlo…
se esconde a cada instante
reaparece justo donde la recordaba
ese lugar desde donde la amistad jamás miraba.
Ese instante suyo que jamás cerró
y no obstante una y otra vez la puerta azotó
la tranquilidad que aquí fácil trincó
no es más que un esbozo de la felicidad que en este lugar se dejó.
Claman su nombre los lejanos sollozos
y es deber mío el confesarle y decirlo
que son tan tristes como cautelosos
vuela ahora luna, vuela como un mirlo…
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